los suicidas van al cielo     (2003) Ed. Piso 12

capítulo uno  

        la noche del poeta

 

El sol que ve el poeta como el último cae roja y perezosamente por detrás de la montaña. El hombre mira detalladamente cómo baja lento en apariencia, cómo besa el perfil de contraluz de la montaña, cómo pinta dorada su cima modesta, cómo es asimilado por ella,  cómo le regala, ya engullido, la ilusión breve de ser fuente luminosa. Luego mira apagarse poco a poco el resplandor tenue, más allá del horizonte quebrado.

Observa el espectáculo demorado unos segundos; lo hace desde la habitación número 1423 del Hotel Arts. Podría pasear la mirada por la ciudad anfiteatro y detenerse en cualesquiera de los escenarios de los momentos importantes de su vida: el barrio de Gràcia donde lo hizo su infancia, la Sagrada Familia emergente de los domingos por la tarde, las tres chimeneas del Paral·lel de las noches sin razón, el Guinardó de las lecturas largas. De otra ciudad diría otro poeta “el plano de mis humillaciones y fracasos”, y la imagen es la adecuada.

Pero no es el momento de hacer el repaso de su historia en imágenes, ya llegarán fatalmente esos segundos. Ahora sólo mira los restos del sol, con la serenidad de la decisión tomada.

Está cansado el poeta. Se llama Jaume, como se llamó su abuelo, y  el abuelo de su abuelo. Una tradición familiar alternaba el nombre de los primeros varones entre el de Arnau y el suyo de rey conquistador. Está cansado y le pesan las razones de llamarse Jaume, y los cincuenta y tres años pasados, y los miles de versos escritos, y las convicciones a contrapelo, y las horas y los días por delante. Le pesan los quintales vividos, y está cansado, y ya no tiene fuerzas. Si haber tenido su primera hija viviéndole en los brazos cuando cumplía su primer medio siglo le había creado otro medio siglo que vivir y razones por las que hacerlo, no tenerla le quitó lo dado y lo poco que tenía antes.

Pronto se apagan los últimos rescoldos; son breves los primeros atardeceres del otoño. Con la botella de malta Jack Daniel’s vacía hasta la mitad a la izquierda, a la distancia exacta de su brazo extendido, borronea en el primer papel del anotador con membrete del hotel:

Matilde,

mai no t’hauries dit Arnau

pero ja no tinc més forçes

ni raons per viure,

ni ulls per veure’t,

ni fam de caminar;

si ets a l’aire

aniré a l’aire,

per trobar-te,

per trobar-me;

volaré amb el cos

i l’imaginació,

amb els ulls,

i l’anima

i la pell,

cap a tu,

fins a tu,

amor meu.

 

Ya pidió todo lo que necesita y ahora es hielo, que trajo hace un rato la camarera y está brillando sin aristas la demora en el mueble bar. Es mujer, adjetivamente mujer la camarera, hermosa y delicada, aunque ya no está en la habitación número 1423; tiene el largo pelo negro atado y rozándole la última cintura. Se esconde en la mirada baja. Ha cambiado el poeta muchas miradas bajas de mujeres hermosas por regresos de sonrisas y ésta, que se llama Esther y se lo dice, lo merecería, pero no hay razones. Si las hubiera... Calcula a ojo de buen cubero que le quedarán cuatro copas de bebida para terminar la botella, y las administra. La última es la última y todavía falta, la penúltima para despedirse de Laura sin que ella lo sepa, la antepenúltima para mirar la noche sobre Barcelona desde lo alto, la anterior, la siguiente, la que está a punto de servirse, para llamar a la breve lista de amigos residuales, compuesta por tres nombres, de los cuales dos son femeninos. Cuatro copas. El poeta está cansado pero los accesorios de su instinto bebedor se desarrollaron exactos durante los largos años de crianza.

La liturgia telefónica está lista, excepto el detalle nimio de saber qué va a decirle a cada cual. No es su intención despedirse más que íntimamente, a una sola banda, sin que sus interlocutores se enteren. Quiere escuchar una vez más las voces amigas, las palabras habituales, adivinar los gestos que las empujan al otro lado, provocarlas para sí mismo. En muchas ocasiones y varios poemas han sido hogar, panacea oral, refugio del alma, paz, vida después del desamor. Ahora quiere, no necesita, quiere escucharlas otra vez sin adulterarlas con ningún anuncio grave. Ya vendrán en su momento, las respuestas.

El primer nombre de la lista es Carmen y su número de teléfono tiene prefijo 958, de Granada. Le atiende el contestador, con el acento apenas andaluz, aunque algo más que hace un año, deje su mensaje después de oír la señal. Duda si dejar un mensaje, y qué mensaje dejar. Carmen es de las personas más afectables que conoce, lo más probable es que deduzca erróneamente que “podría haber hecho algo, haberlo salvado” y le condicionara el resto de vida. Asume este axioma como conducta para el caso de que otro contestador automático lo atienda, mientras decide.

Finalmente, hace y escucha el mismo silencio que escuchará Carmen cuando regrese y escuche el mensaje, y ese silencio compartido algunos años después de otros silencios más jóvenes es su despedida unilateral.

El segundo nombre de la lista es Beatriz, que alguna vez tuvo la generosidad de regalarle la bendita ilusión de ser el Dante. La voz de Beatriz grabada invitando al llamador a contarle alguna historia no le es necesaria para recordar su carácter, pero lo priva también de ella, de otra de las mujeres de su vida.

Enrique tampoco está en casa, sólo el timbre del teléfono repitiéndose para siempre.

Las llamadas frustradas le alargan el tiempo de mirar Barcelona ya de noche. En algunas de las capas de su pensamiento, lo deseaba.

A su pensamiento en blanco acude la urgente necesidad de despedirse de Laura, de confesarle sus intenciones, de explicarle la sinrazón, de pedirle que lo acompañe. Como si esta mujer en especial no fuera un ser ajeno a él, sino una parte de su propia persona. Como si quedándose, Laura le abriera la posibilidad indeseada de seguir siendo en contra de su voluntad decidida. El impulso pierde pronto la primera fuerza, y la noche, de repente agitada, retoma su cauce.

Jaume se sonríe complacido cuando la última gota ámbar de la botella corona el hielo romo de la tercera copa exacta, a juzgar por el resto último de la botella. La copa de la llamada. Hace diez años que no ve a Laura. Desde la última vez que estuvo en Nápoles, visitándola en su casa de la Via Santo Strato y ella le dijo que su visita era más milagrosa que la licuefacción de la sangre de San Genaro. Ahora la iba a llamar desde tan lejos, que es la distancia que siempre hay entre quienes se quieren. Laura atiende enseguida.

- ¿Cómo estás, bandarra? ¿Te has acordado de mí o te has equivocado de número?

- Siempre te recuerdo, esta noche te he llamado. ¿Cómo te va? ¿Cómo están mis ojos, los únicos por los que veo?

- Lo recuerdas todavía. Tus ojos están bien, cada vez ven un poco menos, pero resisten la lucha. ¿Cuándo piensas venir a visitar a tu amiga de Nápoles?

- ¿Cómo? ¿Ya no eres de Gràcia? Ahora mismo puedo ver tu barrio.

- Y el tuyo.

- Cada vez menos. Tú tienes una excusa para no ir, yo no.

- Pues voy a dejar las excusas. Voy a pasar la nochevieja en Barcelona.

Sabe ahora el poeta, en este preciso momento, que todavía le queda alguna duda en su decisión. Se queda en el silencio turbado.

- Espero que sea una buena noticia, ya que no me visitas tú, voy yo -se apresura a decir Laura para terminarlo, porque la incomoda.

- Claro que lo es. Sabes, estos días estuve repasando foto a foto el día que nos conocimos. ¿Lo recuerdas?

- Estás cumpliendo demasiados años, cariño. Claro que lo recuerdo. Tenía quince años, tú diecinueve. Estábamos acampando con mis amigas en el Port de la Selva y tú apareciste en la tienda a pedir no sé qué, y me dijiste que ibas a hacerte poeta por mí.

- Y tú te quedaste en silencio.

- Es que te creí. Y en realidad cumpliste.

- Yo siempre cumplo. Dignifica.

- Dignifica... yo sí sé de lo que eres digno tú - la voz era la de una mujer dichosa - pero dime... ¿qué significa esto de hacer balances vitales a tanto tiempo vista de tu cumpleaños?

El poeta maldijo condescendiente la tan mentada como real intuición femenina.

- Nada, cosas de la edad, supongo.

- ¿De qué edad?

- De la de uno.

- Tuviste algún encuentro inconveniente.

- No, no, todo está bien. Quédate tranquila.

- Venga, Jaume, que pronto nos veremos. Ánimo.

- Si ánimo tengo. Sólo me faltan fuerzas.

-La echas de menos, ¿verdad?

Ahoga el hombre como puede el sí, el por supuesto, el qué remedio me queda, es tan largo el silencio que otra vez es Laura la que habla:

- Tengo muchas ganas de verte, Jaume, de que me hables al oído, de que me digas lo que sea para hacerme fácil la vida a los cuarenta y nueve; tal como estoy, estoy en tus manos, toda mi vida depende de tus palabras. No sabes cómo deseo que lleguen las navidades.

La entonación de la frase de Laura tenía una evidente carga de promesa sexual, que hasta el más inseguro de nosotros habría sabido distinguir, pero Jaume demoró un minuto en darse cuenta. La conversación estaba ya por otro rumbo cuando la interrumpió hacia atrás.

- No me lo puedo creer, te me estás insinuando; ¿te has dado cuenta?

- Puede ser... - Dijo Laura, más sensualmente aun que antes.

- A ti te parece, a nuestros años... -exagera Jaume y sonríe por primera vez después de cuarenta y un días.

- No te hagas ilusiones, necesariamente, te he dicho sólo que podía ser.

- Ya, y ¿qué te hace pensar que estaba haciéndome ilusiones?

- Nada, nada, pensé que tal vez, en tu mente febril, acaso aun albergabas alguna nostalgia de lo nuestro.

No quiere ponerse serio para no romper el momento, prefiere esconderse en la filosofía.

- Confundir el pasado lejano con el futuro próximo, de aquí a fin de año, es un concepto realmente interesante.

- No tan lejano - corrige Laura.

- Más de lo que me gustaría.

De haber estado juntos, podrían haberse mirado durante varios minutos, pero el teléfono alarga los tiempos hasta el infinito, y sólo se observan los silencios unos segundos, y se apresuran a terminar la conversación. Es ella.

-Bien, te tendré al tanto de la evolución de mi viaje. Prepárate, porque dos meses pasan pronto. Antes de que te des cuenta estoy en Barcelona. Ve eligiendo los lugares a los que me vas a llevar, y ten en cuenta que soy una mujer exigente.

-De acuerdo, te prometo que haré lo posible, aunque sabes de sobra que no soy garantía de nada.

- Sé que lo vamos a pasar bien. Adéu, Jaume.

- Adéu. Hasta siempre.

Se descubre el poeta poeta, con el auricular entre las manos, la sonrisa imborrable en los labios, y palabras, palabras, palabras.

Dicen los que saben del tema, y así como lo dicen lo repito, que no hay mejor sexo que el que se da entre los que lo han disfrutado entre sí antes, pasados algunos años después de la dulzura y el final. No está seguro de si son las ganas de verla que ahora tiene, o la imperiosa necesidad de no defraudarla o la promesa cierta de noches de invierno con su calor, su piel y sus gemidos, que nadie igualó ni igualará, pero lo cierto es que al poeta, a Jaume, al hombre, le acaban de hacer un futuro.