Padre Santiago
Capítulo 1
| Hay un hombre sentado en el banco de un pasillo. El banco es de color verde y el pasillo está pintado de blanco. Tiene un listón de madera vieja sobre las paredes, a un metro de altura, poco más o menos. Son el banco y el pasillo de un hospital, de manera que lo que el hombre, que no es paciente ni médico, hace es esperar. No hay excesos en su espera; mira hacia los costados, cruza las piernas, de vez en cuando se incorpora y se acerca a la puerta de la que espera ver salir las noticias, con impaciencia. Vino en cuanto lo llamaron, pero demoró casi una hora para un camino que habitualmente se hace en la mitad. Cuatro gotas nomás cayeron y el tránsito ya se sabe; apenas le dio tiempo de llegar, tarde para haber recibido en persona alguna palabra alentadora del médico; lo único que obtuvo de una recepcionista distraída fue el número de habitación de Natalia, el lugar dónde tenía que esperar las novedades que se fueran produciendo. Allí está, de pie ahora, en un extremo del pasillo. Mira a través del círculo que dibujó sobre la ventana algo empañada, una avenida antigua, generosa en árboles, con las veredas todavía mojadas de la lluvia que acaba de terminar. Ha tomado Santiago dos cortados en la cafetería del hospital que no han sabido quitarle las dudas, antes de subir de nuevo al pasillo de la espera, y tiene la sensación de que ahora estuvieran peleándose entre ellos, o juntos y aliados contra su estómago. En la vereda de enfrente un taxi se detiene, baja alguien vestido con piloto y sombrero, y marca un anacronismo, que no desentona sin embargo con los adoquines de la avenida húmeda del inicio del invierno. Santiago ve cómo se acomoda con dos dedos el chambergo, cómo toma su muñeca derecha con su mano izquierda por detrás de la espalda y camina, esquivando los charcos más grandes, hasta doblar la esquina. Desde la ventana del segundo piso del hospital Santiago no puede seguirlo más allá y regresa a su realidad de puerta cerrada, paciencia y un perenne y leve aroma de Espadol. Ha pasado algo más de media hora desde que lo han relegado sin noticias, y tiene que poner atención en no plantearse la situación como un atropello a sus derechos, y la necesidad de determinar cuáles son en realidad, y comenzar a hacerlos respetar por los que no lo hacen. Tiene que dominar también el cansancio de maldormir las últimas noches, de la incertidumbre, de los cálculos de todos los futuros posibles. Vuelve a sentarse, ahora en otro de los bancos negros del mismo pasillo blanco. Sentado se duerme y sueña un sueño copioso de agua. Sueña una lluvia fresca y clara que lo sorprende en mitad de una calle solitaria, nueva y a la vez familiar, una lluvia límpida que parece provenir de la luz de una pálida luna, y que va penetrando a través de su piel, y va enjuagándolo de todo, de lo interno y de lo externo, de manchas y de pesadumbres, y él sólo se queda quieto y el líquido lo deja limpio y liviano, cambiado de sí mismo a tal extremo que, acongojado de felicidad, comienza a reconocerse en el que había sido antes del advenimiento de la adultez. Siente su corazón latir con fuerza y con agrado, al mismo ritmo de otro corazón, externo a él, que apenas oye y que puede sentir con claridad. La sensación de todo le otorga la conciencia de poder, de poder sobre sí mismo, de poder volar. Vuela cuando una mano en el hombro lo regresa a la tierra, a la realidad, donde están y lo miran muy abiertos los ojos marrones de Marisa. |