Lo difícil es encontrar el punto preciso. El camino de la opinión es a veces tan delgado que cualquier duda nos salpica con el barro del pensamiento precocido.
Los otros no son de mi agrado, para ser exactos son decididamente de mi desagrado. Los otros son rígidos, inexpugnables, sordos; son autoritarios en sus palabras y despectivos en sus posturas, son mezquinos con los diferentes a ellos y todo su discurso está dirigido a denostar, con base o no, al contrario de turno. Los llaman ‘La Caverna’, y es un término bastante descriptivo: con sus palabras sombrías dibujan una realidad aparte de la realidad, y van enojando al personal que vive de cara a la pared de roca. Si existen todavía las izquierdas, ellos representan la derecha, suelen venir de Madrid en ondas o por cable, y llenan las horas de inexactitudes y banalidades. Uno de los riesgos es identificar su procedencia geográfica con su origen político, que es lo que le conviene a los unos.
Los unos, por su parte, dejan hacer, van recostándose en un statu quo que les viene cómodo, un particular papel de víctima superior, de ofendido por encima del hombro. Les sirve porque la agresividad de los otros reafirma la defensiva de los unos, el maniqueísmo fácil en el que ocupan el lado de los buenos de la línea. Tampoco son de mi agrado los unos, que son capaces de justificar cualquier atropello que venga teñido de los colores de su bandera, aún cuando vaya contra su proverbial corrección política. Tampoco son de mi agrado los unos, rígidos, inexpugnables, sordos; autoritarios en sus palabras y despectivos en sus posturas, mezquinos con los diferentes a ellos y todo su discurso está dirigido a denostar, con base o no, al contrario de turno.
En medio los de siempre, los que trabajan, los que hacen números a partir del día 5 de cada mes, cuando les descuentan el alquiler o la hipoteca, aunque ya los conocen de memoria de tanto repasarlos y buscarles la vuelta por donde apurar un gasto imprevisto. Saben que todo se ha de pagar.
Ahora, el presidente de los unos se ha encontrado en el suelo un caramelo que no era suyo, y presuroso se agachó a recogerlo. Agita mirando a los suyos y a los del costado el caramelo: “Si me dan una mayoría amplia lo desenvuelvo”. Queda por saber cuántos se lo terminan por creer.
La independencia de Catalunya admite opiniones, para unos sí, para otros no. La diferencia radica en lo que están dispuestos a hacer unos y otros para imponer su criterio –o conseguir que nada cambie.
Mientras los otros no tienen ningún complejo en desplegar ejércitos y mandar al Parlament a su casa, los unos no parecen demasiado dispuestos a sacrificar gran cosa para conseguir su objetivo. La identidad, el país, el seny i la rauxa, pero conservando el PIB, los subsidios y la semanita de esquí en Baqueira, aunque vayan los Borbones. Independientes pero por televisión. Los pueblos deberían tener derecho a decidir, sin dudas, y ese derecho debería respetarse, pero esperar que las naranjas caigan del manzano es, sin dudas, un error.
Los personajes que gobiernan el país de los campanarios vecinos saben que una votación de un parlamento apoyada por el pueblo de Catalunya no provocará más que risas en Moncloa y en la calle Génova, y en Ferraz también; una declaración hipotética de independencia sería un aullido inofensivo a la luna sin una decisión firme de aceptar el sacrificio que sea necesario. No parece que la clase política catalana a pedir el sacrificio imprescindible a la gente, la mayoría absoluta es un sapo más digerible.
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